La llegada a Bosnia y Heregovina fue bastante extraña: nos daban la bienvenida campos de tabaco, viñedos y banderas de Serbia. Todavía no lo sabíamos, pero estábamos en la República Srpska, una de las dos entidades que forman Bosnia y Herzegovina. La sensación fue rara, pero todavía nos quedaba lo peor: poco a poco, km a km, comenzamos a toparnos con casas destrozadas, sin techos, con balas en las paredes. Testigos de una guerra demasiado reciente, deseando olvidarla para siempre. El primer destino de nuestro viaje por el país, Mostar, sufrió toda la locura de esta guerra.
Pocas ciudades simbolizan tan bien la unión (y la ruptura) entre oriente y occidente como Mostar. Su nombre viene de los mostari, los guardianes del puente, y no es casualidad: todo en esta ciudad gira en torno a él. El Stari Most no es solo una obra maestra del siglo XVI, sino el corazón que durante siglos unió a musulmanes, croatas y serbios bajo un mismo cielo.
Un puente que fue, literalmente, el alma de Mostar… y también su herida más profunda. En este artículo, te contamos su historia.
Historia del Puente de Mostar
La historia de Mostar es, en realidad, la historia de su puente. El Stari Most, que literalmente significa puente viejo, fue durante siglos el corazón que unió dos almas distintas: la musulmana (bosniak) y la católica (bosniocroata).
Cuando estalló la guerra de Bosnia en los años 90, los habitantes de Mostar, musulmanes y croatas, se unieron para luchar contra los bosnios serbios, de religión ortodoxa, que defendían la idea de una “Gran Serbia” y soñaban con revivir el poder de la antigua Yugoslavia. Durante un tiempo, aquella alianza funcionó: juntos lograron expulsar a las fuerzas serbias de la ciudad.
Pero la euforia de la victoria duró poco. Lo impensable ocurrió: los antiguos aliados, bosnios croatas y bosnios musulmanes, se enfrentaron entre sí en una guerra fratricida por el control de Mostar. La convivencia pacífica de siglos saltó por los aires.
El Stari Most, símbolo de esa unión entre oriente y occidente, se convirtió entonces en el objetivo. A las 10:15 de la mañana del 9 de noviembre de 1993, la milicia croata (HVO) bombardeó el puente hasta hacerlo caer. El icono que durante más de 400 años había vigilado la ciudad se desplomó sobre el río Neretva.
Los testigos recuerdan aquella escena como si el río hubiera comenzado a sangrar. Las aguas verde esmeralda se tiñeron de rojo, y muchos creyeron que era un castigo divino, una señal del cielo por la destrucción de su propio símbolo de paz. La ciencia, sin embargo, dio una explicación más terrenal: entre los minerales de las piedras del puente había uno que, al entrar en contacto con el agua, producía ese tono rojizo.
Pero aun así, la imagen de un río “herido” llorando la autodestrucción de su pueblo resultaba escalofriantemente poética.
Aquel día no solo cayó un puente. Con él se derrumbaron también siglos de historia compartida, la esperanza de reconciliación y la fe en un futuro común. El Neretva rugió entre los escombros, como si quisiera recordarles a todos que las únicas etiquetas que realmente importan en una guerra son las de “vivos” o “muertos”. Pero nadie escuchó su grito.
La guerra siguió su curso, dejando tras de sí miles de víctimas y una ciudad dividida. Hoy, ese recuerdo se alza en lo alto del monte Hum, donde una inmensa cruz domina el horizonte: un recordatorio visible de aquel capítulo oscuro que, durante un tiempo, convirtió a Mostar en símbolo del dolor… pero que también, años después, la transformó en símbolo de reconstrucción y esperanza.
Mostar en la actualidad
Han pasado ya más de veinte años y hoy Mostar es una ciudad tan turística como bella. Su famoso puente ha resurgido de entre las aguas, reconstruido con las mismas piedras rescatadas del fondo del Neretva, como si la historia se hubiera empeñado en devolverle el alma que la guerra intentó arrebatarle. Donde antes sonaban los disparos, hoy se escuchan los clics de las cámaras y las risas de los viajeros.
El centro es una auténtica joya: mezquitas con encanto, tiendas de artesanía, callecitas empedradas que parecen suspendidas en el tiempo y, por supuesto, su emblema indiscutible, el puente. Desde sus 24 metros se obtienen unas vistas de escándalo, aunque hay quien busca emociones más fuertes. Algunos jóvenes (y otros no tan jóvenes) se lanzan al río helado, pero solo cuando su gorrito reúne suficiente dinero como para “merecer la pena” el salto. Unos locos adorables, mitad valientes, mitad temerarios, que se han convertido en parte del espectáculo.
Sin embargo, basta alejarse unas pocas calles del bullicio para que el paisaje cambie por completo. Las cicatrices de la guerra siguen ahí, silenciosas. Fachadas acribilladas, muros perforados por las balas, tejados hundidos, edificios abandonados… son los testigos mudos de un pasado que aún pesa. Y lo más sobrecogedor es que están a apenas unos metros de los turistas que comen ćevapi o brindan con cerveza mientras se hacen selfies frente a un puente que, visto así, parece un arcoíris de piedra.
Los edificios se pueden reconstruir, las calles se pueden embellecer, pero… ¿Qué pasa con las personas? ¿Con esas heridas invisibles que no aparecen en las guías ni en las fotos? Mostar ha aprendido a convivir con su belleza y su dolor, y quizá por eso emociona tanto: porque entre sus piedras todavía late una historia que se niega a olvidarse.
Esperamos que este post con la historia del Puente de Mostar te haya gustado y que puedas disfrutar mucho de su visita.
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6 comentarios en “Historia de Mostar y de su puente”
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Mas que disfrutar de un viaje es , (para mi ) presenciar y hasta sentir el horror ,el sufrimiento , indescriptible de miles de personas. .Habría que recordarlas siempre y honrarlas.. Considero que no es para mi . Es un tour pleno de cicatrices , no se puede ser indiferente , al daño del que somos capaces de hacer en una condición en que la mente se vuelve confusa.
Creo que estas un poco equivocada. Todo aquello ya paso, y te lo digo por experiencia, llevo viajando a BiH desde 1996, todos los años y varias veces y deje de ir en el 2010.
De la guerra no queda casi nada, por suerte, han evolucionado muy bien y con el esfuerzo de un gran país han salido adelante.
Puedes ir tranquila por la zona, la amabilidad de la gente es inimaginable, aunque hay de todo.
La comida, exquisita, el dulce, maravilloso.
Si tienes ocasión, visita el pais, Dubrovnic, Poticjeli, Blagai, Stolac, Mostar, Sarajevo, Petrovac… hay tanto que visitar.
Una puntualización; Dubrovnik es Croacia
Recién llegado la semana pasada de Mostar puedo decir que me he sentido como en casa en esa preciosa ciudad acogido por su maravillosa gente. Me ha parecido una ciudad fascinante, con un sufrimiento que todavía esta presente pero con una mirada puesta hacia el avance. Sorprendido gratamente de Bosnia en general, un país que seguramente volveré a visitar y os invito a que lo visitéis ya que me ha parecido un destino maravilloso.
Nosotros nos quedamos con la misma sensación que tu! Volveremos!