Sarajevo: carta de amor a una desconocida

No es la primera vez que me enamoro de una ciudad y estoy segura de que tampoco será la última. Pero es la primera vez que me enamoro desde la distancia, sin haberte pisado, sin haberte olido ni mirado. Y ya me duelen tus cicatrices.

Leí sobre ti, sobre tu historia, sobre tu dolor y haciéndolo, recibí puñetazos invisibles en el estómago, como si fuesen balas de francotiradores. ¿Qué sentías cuando estabas bajo el fuego? ¿Qué sentías cuando estabas siendo ultrajada?

Cada vez tengo más claro que somos casualidades geográficas, ADNs hechos de meridianos y paralelos, historias cruzadas, un billete de lotería ciego. Y a veces injusto. Pero esto ya pasó. ¿Ya pasó?

¿Cómo será estar sentada en una de tus terrazas con un café turco en la mano, un borek en la barriga y una maraña de pensamientos en la cabeza? ¿Y en el corazón? ¿Con la mirada alcanzaré los minaretes de las mezquitas o me quedaré absorta en las miles de cruces blancas de tus colinas? ¿Pensaré en las historias ahogadas bajo tu cielo, aquellas que nunca tuvieron la oportunidad de ser escritas? ¿O en las historias escritas con sangre, las que nunca deberían haber existido?

Sarajevo con S de silencio, de sufrimiento, de sangre. Pero también de sueños. También de superviviente.

Te imagino con la piel blanca y fría, como la nieve que te cubre en invierno; te imagino triste, melancólica, callada y reservada, como aquello que vieron muchos y sufrieron más. Te juro que respetaré tus silencios y aprenderé a escucharlos. Te juro que solo busco encontrarte.

Nuestra cita tiene fecha: 15 de septiembre; hasta entonces no dejaré de pensar en ti. Lo nuestro es un contrato determinado, con fecha de inicio y de fin. Pero hay inicios que comienzan mucho antes del gran día y fines que se dilatan hasta la eternidad. ¿Lo nuestro será así?

Te amo, Sarajevo. ¿Qué es el amor si no contar los días que quedan para encontrarte?

atardecer en sarajevo

El 15 de septiembre tenía una cita a ciegas. Esperaba este momento desde hacía mucho tiempo. Estaba nerviosa. Estaba emocionada. Estaba como no estaba desde no recuerdo cuándo.

Sarajevo nos recibió con cielo azul y un sol que quemaba… y yo que me la imaginaba blanca y fría! Montamos en un tranvía viejo, sucio, que parecía haber viajado en el túnel del tiempo. Por el camino un grupo de niños nos saludan riéndose. ¿Son tan diferentes estos niños de los de 1991? Me es imposible ignorar la pregunta y es entonces cuando mi mirada se pierde entre las casas de Sarajevo, las mismas que han sido ultrajadas y violadas por las balas de los francotiradores escondidos en las colinas de la ciudad. Las mismas que en este momento nos rodean. Rober mira la carretera y a mi se me pone la piel de gallina. ¿Cómo tenía que ser enamorarse entonces? Tu vida tenía que ser doblemente funámbula: pendiendo del hilo de la guerra por un lado, y del hilo de la vida y/o muerte de tu amado por el otro. Los enamorados son doblemente valientes.

El tranvía coge el camino de la izquierda y aparece el río Miljacka, la arteria de agua calmada y oscura que parte en dos la ciudad. De repente aparece el puente latino, es aquí donde en 1914 el archiduque Francisco Ferdinando de Austria fue asesinado. Es aquí donde comenzó la Primera Guerra Mundial. Estamos ya rozando Baščaršija, el barrio turco, el centro histórico, el que en mi mente huele a café turco, baklava y humo de narguilé.

Estoy saboreando mi baklava imaginario cuando un coloso rojo y amarillo me avisa de que tenemos que bajar: es Vijećnica, el edificio de la antigua biblioteca de Sarajevo, hoy en día el ayuntamiento, el mismo que la noche entre el 24 y el 25 de agosto fue incendiado por bombas serbias. En aquel incendio quemaron más de 2.000.000 libros, millones de páginas de historia y poesías. En el Vijećnica se tomó una de las imágenes más estremecedoras y al mismo tiempo delicadas de la guerra de Bosnia: la de Vedran Smailović, el violonchelista de Sarajevo, que tocaba entre las ruinas de la biblioteca.

ayuntamiento sarajevo

Pasamos 3 días en Sarajevo. Nos pateamos km y km de su piel. La miramos a la cara. Investigamos las esquinas. Conocimos su historia más brillante, la de los Juegos Olimpicos invernales del 1984, y la más oscura, la de la guerra.

Recorrimos el túnel de la esperanza, el que permitió la entrada de comida y medicamentos a la ciudad durante su asedio. Nos topamos con el mercado Markale, el mismo donde un día de febrero una granada mató a más de 60 personas que estaban haciendo la cola para poder llevar a casa un trozo de pan. Nuestros pasos caminaron al lado de las ‘’rosas de Sarajevo‘’, las huellas, recubiertas de barniz rojo, que dejaron las bombas y granadas que mataron a 3 o más personas.

Pero también conocimos una ciudad con ganas de vivir, la de las terrazas y de los vasos de cerveza llenos, la de las miradas seguras y el paso firme. Una guerra no te hace fuerte, pero sobrevivirla sí: como si tu nueva vida tuviera más valor, como si tuvieses que vivir por ti y por todos los que no tuvieron tanta suerte…

Descubrimos historias curiosas, como la del propietario de la taberna ‘Inat Kuca’, que tenía su local en el mismo lugar donde se levanta el Vijećnica y que cedió su terreno para que los austriacos pudiesen levantar la biblioteca solo con dos condiciones: una caja llena de monedas de oro y que los austriacos desmontasen y montasen piedra a piedra su local al otro lado del río! Consiguió lo que quería y hoy en día el Inat Kuta se levanta frente al ayuntamiento, casi guiñándole un ojo.

Nos entró hambre y nos comimos Sarajevo: el primer bocado sabe a burek de espinacas y queso, el segundo a cevapi hecho a la brasa y acompañado por salsa kajmak, el tercero a baklava de nueces y miel y por último, nos dejó el sabor del té turco transparente y sabroso.

Si tuviera que elegir un momento de ‘nuestra cita’, que inevitablemente se transformó en un triángulo amoroso, lo tengo claro: fue al atardecer cuando nos topamos cara a cara con el skyline de Sarajevo, un skyline formado por los minaretes de las mezquitas, por los campanarios de las iglesias, por monstruos de hormigón testigo de la época comunista, pero sobre todo por siluetas de lápidas blancas que cosquillean el cielo… Sarajevo no tiene parques; todos fueron utilizados para dar una sepultura digna a los muertos de una guerra que gritaba del mundo, el cual permanecía callado.

mural Sarajevo guerra de Bosnia

De repente, todos los minaretes de las mezquitas comenzaron a cobrar vida con el rezo de la noche. Fue como si la ciudad nos estuviese hablando, como si nos estuviese abrazando, y me entraron ganas de gritar ‘Volim te Sarajevo‘, te quiero Sarajevo, pero la ciudad no necesita gritos, necesita oídos, y me volví a sentar, a escucharla y a quererla en silencio.

Sarajevo con S de silencio, de sufrimiento, de sangre, de sueños, de superviviente. Pero sobre todo Sarajevo con S de sentimientos, los míos hacia ella. El 15 de septiembre tenía una cita a ciegas. El 16 de septiembre ya estaba locamente enamorada.

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